
Robert Louis Balfour Stevenson (Edimburgo, Escocia, 13 de noviembre de 1850 - Vailima, cerca de Apia, Samoa, 3 de diciembre de 1894) fue un novelista, poeta y ensayista escocés. Stevenson, que padecía de tuberculosis, solo llegó a cumplir 44 años; sin embargo, su legado es una vasta obra que incluye crónicas de viaje, novelas de aventuras e históricas, así como lírica y ensayos. Se le conoce principalmente por ser el autor de algunas de las historias fantásticas y de aventuras más clásicas de la literatura juvenil, La isla del tesoro, la novela histórica La flecha negra y la popular novela de horror El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde, dedicada al tema de los fenómenos de la personalidad escindida, y que pueden ser leída como novela psicológica de horror. Varias de sus novelas continúan siendo muy famosas y algunas de ellas han sido varias veces llevadas al cine en el siglo XX, en parte adaptadas para niños. Fue importante también su obra ensayística, breve pero decisiva en lo que se refiere a la estructura de la moderna novela de peripecias. Fue muy apreciado en su tiempo y siguió siéndolo después de su muerte. Tuvo continuidad en autores como Joseph Conrad, Graham Greene, G. K. Chesterton, H. G. Wells, y en los argentinos Bioy Casares y Jorge Luis Borges.
Pues bien, todo eso es muy interesante, pero lo que nos importa ahora, es que escribió un poema sobre la cerveza de brezo que hacían los pictos, una confederación de tribus que habitaba lo que actualmente es el norte y centro de Escocia, desde tiempos del Imperio Romano. Era un pueblo granjero que vivía en pequeñas comunidades criando caballos, ovejas y cerdos al igual que otros pueblos celtas.
Se supone que esta cerveza lleva flores de brezo, por eso la llaman heather ale, se producía en Escocia desde el año 2000 a.C y se utilizaba el brezo, precisamente como precedente de lo que ahora es el lúpulo. Hoy en día, una cervecera escocesa sigue haciendo este estilo, así que si queremos, podemos probarlo, aquí podéis ver una buena reseña y aquí podéis leer algo más sobre la cerveza y sobre la historia del poema.

Sin más dilación, os dejo con el poema que Stevenson le dedicó a esta cerveza:
De las campanillas del brezo
Lograron una bebida excelente
Mucho más dulce que la miel
Y más fuerte que el vino.
La elaboraron y bebieron,
Y vivieron en paz años y años
En sus moradas bajo la tierra.
Hubo un rey en Escocia
Cruel con sus enemigos
Batió a los pictos en batalla
Y los cazó como corzos
Persiguiéndolos millas y millas
Por la montaña roja.
Los cazó mientras huían,
Cubriendo sus cuerpos enanos,
Cadáveres y heridos.
Llegó el verano a esas tierras
La campana del brezo estaba roja
Pero no quedaba nadie con vida
Para recordar la receta.
En tumbas, como de niños,
Los cerveceros del brezo
Yacían sin vida.
El rey del páramo rojo
Cabalgaba un día de verano
Las abejas zumbaban, y los zarapitos
Chillaban en el camino.
El rey cabalgaba, iracundo,
Sombrío su semblante y pálido,
Por estar en tierra de brezos
Y no poder gustar su cerveza.
Sucedió que sus vasallos
Cabalgando por los alrededores
Encontraron una piedra caída
Que escondía unas sabandijas.
Arrancaron de su escondrijo,
Sin que dijeran una palabra,
A un hijo y su padre anciano,
Los últimos del pueblo enano.
El rey desde su montura
Contempló a los pequeños hombres,
Y la pareja de enanos
Miró a su vez al rey, quien les dijo:
"Os perdonaré la vida, bellacos,
por el secreto de la bebida".
El padre y el hijo contemplaron
Cielo y tierra, el rojo brezo alrededor,
A lo lejos el bramido del mar.
Se levantó el padre
Y dijo con voz chillona:
"quiero unas palabras en privado,
unas palabras con el rey".
"La vida es cara a los viejos,
poco significa el honor,
venderé con placer el secreto",
así habló el picto al rey.
Su voz era como la de un gorrión
Chillona pero muy clara:
"Venderé el secreto,
pero temo por mi hijo
A él la vida no le importa
La muerte no asusta a los jóvenes
Y yo no me atrevo a vender mi honor
Delante de mi hijo.
Llévatelo, oh rey, y átalo
Y lánzalo a las profundidades
Y así podré desvelar el secreto
Que he prometido guardar".
Agarraron al hijo y le ataron
Cuello y talones a una correa
Y un hombre lo lanzó como una piedra,
Lejos, con fuerza,
Y el mar se tragó su cuerpo,
Como el de un niño de diez años.
Y en el acantilado quedó el padre,
El último de su pueblo.
"Es verdad lo que os dije,
que sólo temía a mi hijo
porque dudo que los imberbes
tengan coraje.
Pero ahora la tortura es inútil,
El fuego será en vano.
En mi pecho morirá
El secreto de la heather ale".

